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SU CREACION

CRISIS ECONÓMICA, POLITIZACIÓN DE SECTORES POPULARES 1927-1944.

La capital se expande al poniente al norte y al sur, se construye el Parque Cuscatlán, Hospital Militar, la Calle Arce se expande, se construye la Alameda Roosevelt, se construyen las colonias: Santa Anita, la Rábida, Guatemala, Honduras, colonia Guadalupe, Santa Eugenia, Colonia Modelo, Colonia Manzano, Colonia América, Barrio San Miguelito, Colonia Harrison, Colonia Mugdan. se inicia la colonia Escalón, y se edifica el Estadio Flor Blanca.

Costado Oriente de la Basílica del Sagrado Corazón de Jesús

Casa Presidente Melendez 1950

En esta segunda expansión y en concordancia con los regímenes militares, desde el golpe de 1931 los militares han permanecido en el poder, parece haber una evolución de la visión política-territorial del poder, ya no interesa estar en el centro político-económico, sino la seguridad, la casa presidencial se traslada a San Jacinto en el edificio cuyo destino era ser la Escuela Normal. Entre 1918 y 1929 el capital norteamericano desplazó completamente al inglés, definiendo así la política económica de Centroamérica, el capital producido por el café permitió el desarrollo de la manufactura, e instalación de las primeras fábricas, las clases trabajadoras comienzan a organizarse, y se clarifican las marginaciones del campo y la ciudad, el espacio urbano de San Salvador presenta una clara delimitación horizontal clasista. Las clases propietarias tienden a abandonar el centro para trasladarse al poniente, mientras las clases trabajadoras se asientan al sur, norte y oriente, el centro histórico comienza a coparse y surge un nuevo fenómeno: La metropolización.

Calle Arce 1988,

Una Solucion a Corto Plazo , Alcaldia  Municipal de San Salvador

Alcalde  José Antonio Morales Ehrlich (1985-1988)

Calle Arce 2008, Sin Comentario……


Teatro Nacional 1912

Un Autobus de la marva Citroen recorre la Calle delgado

Foto tomada desde la Catedral, Esquina Derecha es el Teatro Nacional

Costado Oeste de Catedral Se Ubicaba el antiguo Edificio

de la Univerdad Nacional 1952-1954

Al Fondo Hospital Rosales, A la Derecha Hospital Maternidad y

A la Izquiereda Hospital Bloom (ahora Hospital 1ero de Mayo ISSS)

Hospital Benjamin Bloom 1900

Hospital Maternidad

fué donado por la sucesión de doña Concepción de Regalado viuda del ex-Presidente Tomás Regalado.

Calle Arce 1950


“¿Quién me empujó? …….

Yo me caí…….

Por ir huyendo del Jabalí”

Tango Cantado por  Sr. Salvador Ayala y Sra. Rosario de Ayala

La tierra se abrió a mediación de la finca donde estaba el puesto de guardia de Las Granadillas, y los agentes emprendieron carrera en dirección de la Lagua de Chanmico, sentían que la corriente de lava iba tras de ellos, los árboles crepitaban o se derrumbaban. Afortunadamente la corriente cambió de rumbo y llegó antes que ellos a la Laguna, levantando una gran nube de vapor.

Este fue el principio de la tragedia más dolorosa que ha vivido la ciudad de San Salvador, cuando la noche de un jueves 7 de junio de 1917 hizo erupción el volcán de San Salvador.

Todo Fue cosa de instantes. El terremoto cabalgó furiosamente sobre la tierra y en pocos minutos todo se derrumbó. Quezaltepeque quedó totalmente arrasada, y los daños abarcaron desde Cojutepeque hasta Armenía.

Dos días después, desde el atrio de la iglesia de San Jacinto, se podía ver una nube espesa de humo emergiendo desde las fauces del fatídico Jabalí.

Pocas casas permanecían en pie en Mejicanos, pero en San Salvador la tragedia era total. “El alma se halla abismada de dolor en presencia del panorama desconsolador que presentan hoy sus habitantes, sus hermosos edificios, sus calles elegantes y sus hermosos paseos” se leía en LA PRENSA del 9 de Junio.

San Salvador en completa ruina, cien mil personas sin hogar. Deambulando tristes, ojerosas, despavoridas.

Edificios volcados, mostrando enormes grietas, rótulos en el suelo, cornisas sosteniéndose para caer en el siguiente temblor, estatuas arrancadas des pedestal, mujeres de todas las clases sociales en doliente actitud en tiendas de campaña, indiferentes a la lluvia de agua y de menuda arena, lanzada por el volcán.

En la plaza Morazán carpas alojan a algunos. En la Avenida Independencia cientos han fijado su domicilio, lo mismo que en el Parque San José. En la Plaza de carreteas, en el Modelo, en el Campo Marte, la gente se refugia con desesperación con los ojos puestos en el cráter del volcán.

Los talleres se han paralizado, no se trabaja, ante la expectativa de los temblores. Solamente la fe religiosa acompaña a los capitalinos en esta hora de desgracia.

Esa noche ha pasado a la historia como el terremoto de Corpus Christi, y definió una época en el rostro de la ciudad. Toda cayó, y comenzó a dibujarse de nuevo, días después, con una cara laminizada y europea.
El escritor colombiano Porfirio Barba Jacob (1885-1942) estaba en San Salvador por esa fecha, y fue testigo del estremecimiento de la ciudad. En su libro “El terremoto de San Salvador”, publicado por primera vez en 1961, Barba Jacob escribe el panorama completamente desolado de la ciudad.
“Era una sucesión de viviendas deshechas, de montañas de tierra, de palos y cañas y muebles destruidos, de tejas convertidas en pedazos. Todos aquellos sitios bajos de la ciudad que comprenden parte de los barrios de La Vega, Candelaria y San Jacinto habían sido envueltos por el desastre: era allí donde la naturaleza se había ensañado con los hombres y no les dejaba ni una casa, ni una buhardilla, ni un muro ni un tapial en pie”, escribe en su libro.
Las fotografías de la época demuestran que casi toda la ciudad cayó. Los materiales constructivos de entonces, el adobe, el concreto y el bajareque, sucumbieron.
“Los derrumbes continúan: ora porque no hay pared que resista al terremoto, ora porque si no tiembla, falta el apoyo de otra pared que ha cedido”, continúa Jacob.
Solo los techos quedaron. Entonces, se notó que los materiales livianos sobrevivían, como los de las casas Meléndez y Ambrogi, construidas con láminas europeas.
La aparición constante de casas de lámina, ya sea troquelada o acanalada, en San Salvador no es casualidad. La industrialización había permitido el uso del hierro y la lámina para construcciones, según la tesis de la Universidad Albert Einstein “Historia de la arquitectura de lámina troquelada en el desarrollo de la arquitectura salvadoreña”, y varias casas, sobre todo residencias de personas poderosas, como la del entonces presidente Carlos Meléndez, habían sobrevivido entre el adobe y el polvo.
En vista de la efectividad del material, de su liviandad, el Gobierno decretó, a través de sus diarios oficiales, el uso y la compra del material para restablecer una ciudad con todos sus ciudadanos durmiendo en los parques bajo tiendas de campaña.
Las residencias comenzaron, de inmediato, a construirse con el material exportado, por lo general, de Bélgica y Francia, como detallan los registros de ciertas casas.
Con el tiempo, las casas fueron refinando su construcción y la manera de adaptar el material; hasta llegar a leyes urbanísticas decretadas los años veinte, que dictaban parámetros en zócalos, balcones y demás elementos constructivos.

Cómo eran las casas

La tesis de la Universidad Albert Einstein explica que había elementos comunes entre las casas de lámina. Esto configuraba la identidad de la ciudad y además se adaptaba al clima, bastante distinto de donde venía el material.
La mayoría de las casas eran de un nivel, una herencia de la Colonia, según le arquitecto Rafael Alas. Esto configuraba la altura de la ciudad, “muy homogénea” por entonces, afirma el arquitecto.

La tesis rescata los sistemas de ventilación de las casas. La lámina es un material caliente en un entorno caliente. Las casas tenían bajo su techo un sistema de ventilación que expulsaba el aire caliente. Algunas viviendas del centro de San Salvador que siguen en pie poseen una especie de persianas arriba de sus frisos. Este es el sistema de decoración.
Las casas también tenían ventanas con marquesinas, y un zócalo que aislaba el material del suelo. Algunas tenían puerta en la esquina, es decir, terminaban en ochavada.
De los estilos no hay manera de definir. El arquitecto Alas afirma que “llegando a la parte residencial es bien difícil hablar de estilo, tal vez se puede hablar de ciertas influencias a través de los detalles”, dice, y explica que el estilo arquitectónico que sobresalía en la época era el neoclásico. Aunque también había representaciones de neobarroco y hasta neogótico, sobre todo en iglesias y monumentos funerarios.
“Las influencias estilísticas que venían de Europa ya estaban prácticamente implantadas en este período”, dice Alas, y la lámina se adaptó a ellas.

Más de un siglo de lámina

La construcción en lámina comenzó a finales del siglo XIX. Los antiguos Teatro y Palacio Nacional fueron construidos en lámina entre 1867 y 1870. Sin embargo, a pesar de las oportunidades constructivas que representaba el material, el fuego era un inconveniente.
De hecho, años después del terremoto se dejó de construir en lámina por la proliferación de incendios en la capital. El concreto armado mejoró su resistencia e invadió las urbes.
Del rostro de San Salvador que cambió con el terremoto de 1917 queda la calle Arce como un ejemplo de la persistencia del material. Ahí está la basílica del Sagrado Corazón (construida en 1903) y varias casas particulares, algunas con fecha de construcción en 1913.
Otras iglesias, como la de Candelaria y San Esteban, han sobrevivido también. No hay un dato exacto sobre los edificios que sobrevivieron al terremoto de 1917 ni de las construcciones en lámina del centro de San Salvador. Según el catastro de la alcaldía: no hay datos.

El catedrático de la Universidad Albert Einstein Rafael Alas concluye que la arquitectura en lámina “definió su imagen (de San Salvador) de cierta época. Uno veía prácticamente manzanas enteras construidas con ese material. Representó también el hecho de una adaptación, una genial adaptación de los materiales al medio y representó también el hecho de que los artesanos y constructores locales pudieron demostrar su habilidad manejando un material que venía de fuera”.
San Salvador es la única capital de Centroamérica que ha dibujado su rostro con la lámina. En algunas capitales hay vestigios escasos. San José, en su centro histórico, posee algunas construcciones con lámina, pero abunda más la madera, al igual que en Honduras.
En cien años, grandes y pequeñas edificaciones han soportado más de siete terremotos. El material cumplió su misión de masificación. Ahora, la falta de mantenimiento y los incendios son sus tragedias cotidianas.

“Los terremotos y las erupciones suceden cuando les plazca la gana”, ilustra Pullinger, pero advierte una relación entre erupciones volcánicas y sismos: un terremoto fuerte puede mover toda la estructura interna de un volcán y facilitar una erupción posteriormente. “En 1917, lo que sucedió fue un par de terremotos asociados a la erupción. Pero ahí lo que pudo haber sucedido es que la misma salida del magma haya ejercido suficiente tensión en fallas locales que se hayan disparado y generado los terremotos”, explica.
Pullinger dice que en el momento de una erupción, se parte de la ruta de la erupción de 1917, la lava bajaría por la zona norte, sostiene, y “es muy probable que si hay una erupción tengamos movimientos sísmicos”.
Siempre cambiando

La ciudad de San Salvador ha cambiado al menos tres veces por motivos sísmicos. El terremoto de 1854 fue dramático: la capital tuvo que mudarse a Santa Tecla y la sede del poder se movió a Cojutepeque. El de 1917 derribó el adobe y el de 1986 botó edificaciones altas, como el edificio Rubén Darío.

En 1575 El segundo día de la Pascua del Espíritu Santo (23 de mayo de 1575), la ciudad de San Salvador -ya asentada en el valle de Quezalcuatitán, su actual ubicación- es destruida por un devastador terremoto.

Este movimiento telúrico -con probable epicentro entre las actuales localidades de San Marcos y Santo Tomás- echa por tierra a la primera iglesia mayor o parroquial de la ciudad, erigida entre 1546 y 1551 con gruesas maderas, adobes y tejas.

Aunque solo hubo tres personas muertas, la gravedad de los daños hace que el rey español Felipe II emita una cédula real para suministrarle ayuda a la destruida localidad, documento que es firmado en Madrid, el 18 de noviembre de 1576.

En 1581 Un terremoto causa alarma entre la población de la renaciente San Salvador, en la que ocasiona cuarteamientos en tapias de adobe y en recubrimientos de calicanto.

El 21 de abril de 1594, la pequeña urbe san salvadoreña de 3,500 habitantes -entre españoles, ladinos, indígenas y negros- es azotada por un violento megasismo, que tira por el suelo al más de medio millón de tostones de las buenas edificaciones del lugar, como lo eran la Iglesia Parroquial, los conventos de Santo Domingo y San Francisco, el hospital de indios, los portales y las casas del Cabildo.

Entre dos y tres mil ducados es calculado el valor de cada una de las casas de los vecinos principales, las cuales estaban construidas de calicanto, adobe, ladrillo y tejas.

Aunque la mortandad solo alcanza a trece personas -entre ellas, el cura párroco Francisco Ramos-, los lugareños quedan sumidos en la pobreza y el desánimo, por lo que la reconstrucción empieza hasta siete años más tarde.

En 1625, un nuevo megasismo echa por tierra a la ciudad de San Salvador.

El 3 de noviembre de 1658, San Salvador, Quezaltepeque y las localidades circunvecinas son reducidas a escombros por violentas sacudidas, originadas en las grietas volcánicas que hacen surgir a la pequeña elevación del Playón (140 metros) en el valle de Nixapán, situado al norte del Volcán de San Salvador y al oeste de Quezaltepeque.

El 30 de septiembre de 1656, un terremoto originado en la erupción del volcán de San Salvador causa la completa destrucción de esta ciudad, mientras que la lava arrasa con Nejapa.

En 1671, 1707 y 1730, sendos terremotos dejan en ruinas a la ciudad de San Salvador.

Durante un eclipse lunar, a la una de la madrugada del lunes 6 de marzo de 1719, un megasismo por subducción y de una probable magnitud 7.0 grados Richter destruye a San Vicente y a San Salvador, causa grandes grietas en diversos puntos de los alrededores de la capital provincial y provoca en ella la muerte de siete personas.

El 13 de mayo de 1748, un destructor megasismo de origen volcánico, con una probable magnitud de 6.4 grados Rihcter, causa daños graves en casas de la zona central del país, donde también resultan arruinados los templos de San Juan (Cojutepeque), Olocuilta y Aculhuaca (ahora parte de Ciudad Delgado).

El 29 de julio de 1773, el llamado “terremoto de Santa Marta” destruye por completo a la ciudad de Guatemala. En El Salvador, arruina por completo a los templos coloniales de Tacuba, Caluco y Asunción Izalco.

En julio de 1774, algunos sismos causan severos daños en varios pueblos de la Cordillera del Bálsamo, especialmente en Huizúcar y Panchimalco.

El 30 de mayo de 1776, la capital de la Intendencia de San Salvador es arruinada por un violento terremoto, originado por la fosa de subducción, que destroza el templo de Dolores Izalco. Cálculos posteriores estiman su magnitud en 7.5 grados Richter.

El 2 de febrero de 1798 San Salvador y sus pueblos aledaños, especialmente Antiguo Cuscatlán, son arruinados por dos grandes movimientos de tierra, y los otros siete días más tarde. Con probable magnitud 6.2 grados Richter, el epicentro es localizado en un antiguo cráter de explosión del volcán de San Salvador, laguna desecada artificialmente por alemanes, a fines del siglo XIX, para dar paso al actual complejo industrial llamado Plan de La Laguna.

En 1806, un fuerte temblor siembra destrucción en la ciudad de San Salvador.

El 10 de agosto de 1815, ocurre un terremoto en toda la intendencia colonial de San Salvador. La Iglesia de la Presentación o de San José queda muy deteriorada, pero la Iglesia Parroquial (ahora Iglesia del Rosario), que solo tiene tres años de haber sido concluida, sufre pocos daños. Son dañadas las prisiones -donde se encontraban encarcelados varios de los próceres independentistas-, la Iglesia de Panchimalco, el puente sobre el río Acelhuate, las cañerías de barro y muchas casas particulares.

El 7 de febrero de 1831, un fuerte movimiento de tierra causa ruina y destrucción en la ciudad de San Salvador.

El 22 de marzo de 1839, Viernes de Dolores, un gran movimiento de la tierra desquicia muchas casas en San Salvador. Las cercanas localidades de Quezaltepeque, Nejapa y Opico sufren severos daños.

A la una de la mañana del primer día de octubre de 1839, un terremoto de 5,9 grados de magnitud destroza muchas viviendas en la ciudad capital. Las réplicas continúan por más de 15 días, por lo que el entonces presidente de El Salvador, el general hondureño Francisco Morazán, ordena el traslado de las oficinas gubernamentales a la vecina Cojutepeque.

A las 10:55 de la noche del domingo de Resurrección (16 de abril de 1854), un gran evento sísmico -anunciado desde el Viernes Santo por sucesivas sacudidas y fuertes retumbos subterráneos- derriba por completo a San Salvador.

El inquieto educador viroleño José María Cáceres sitúa el foco de conmoción a media legua al sureste de San Jacinto, en la cadena situada al sur de San Marcos. La magnitud probable es calculada en 6.6 grados Richter.

Tan destructivo suceso es captado para la historia por los dibujos y escritos parisienses del andariego Arnold Boscowitz, al igual que por los estudios científicos del viajero alemán Moritz Wagner.

Debido a la ruina total de la ciudad, el general y presidente José María San Martín ordena el traslado del gobierno a Soyapango y después a Cojutepeque ; que cumple su papel como capital desde el 17 de abril de 1854 hasta el 28 de junio de 1858-, la movilización de la Universidad Nacional y del Colegio de La Asunción a San Vicente -donde permanecerán del 13 de agosto de 1854 al 2 de diciembre de 1858- y la fundación de Nueva San Salvador, en la llanura de la hacienda Santa Tecla (25 de diciembre de 1854).

El terremoto del 16 de abril de 1854, dibujado por el viajero polaco-francés Arnold Boscowitz.

Antecedido y seguido de frecuentes temblores, un megasismo hace sufrir mucho a la capital salvadoreña, Cojutepeque, el 6 de noviembre de 1857, aunque no es percibido en el antiguo y ruinoso San Salvador. El epicentro es ubicado en el cerro Cuscus, al sur del lago de Ilopango.

Del 3 al 6 de diciembre de 1860, una serie de sismos provoca pánico entre las personas de San Salvador y lugares aledaños, además de que provoca grietas de cierta gravedad en el templo colonial de Panchimalco.

Un gran temblor se hace sentir en San Salvador, a las 5 y 30 de la tarde del 30 de junio de 1867. Es seguido por otros muchos durante la noche.

Sin ningún fundamento científico, los 81 sismos que se abaten sobre en la región vicentina entre la mañana del 29 y la tarde del 30 de diciembre de 1872 son atribuidos a los cerros El Brujo y Sihuatepeque. En esta última fecha, la ciudad de San Vicente es dañada con severidad por un terremoto, antecedida y seguida de frecuentes y pavorosos sacudimientos.

Sin embargo, a las dos de la mañana del 19 de marzo de 1873, un primer gran movimiento de la tierra, acompañado de retumbos, alerta a los habitantes capitalinos, los que seis minutos más tarde abandonan sus viviendas.

Este hecho impide mayor mortandad cuando, a las 2:10 a.m., sobrevienen una fuerte detonación subterránea y un violento megasismo vertical, oscilatorio y ondulatorio hecha por el suelo, en menos de cinco segundos, a la antigua San Salvador, de la que solo queda en pie una quincena de estructuras públicas y privadas, estremecidas por una réplica del sismo tres horas más tarde.

Al trasmonte del cerro de San Jacinto, aparece una luz rojo-violeta, emitida en ráfagas intermitentes, y se percibe un olor sulfuroso sofocante. El foco de conmoción es ubicado por la comisión científica gubernamental -compuesta por el general belga André van Severen y el profesor Luciano Platt-, en las alturas de Texacuangos, sobre los bordes lacustres de Ilopango.

El convento e iglesia de Santo Domingo (ahora Catedral de San Salvador) aparece destruido por el terremoto del 19 de marzo de 1873. Al frente, el Parque Central, hoy llamado Parque Barrios.
El 19 de marzo era el día del Señor San José, patrono de la Compañía de Jesús, en cuya residencia confiscada el gobierno de la república había establecido el cuartel número uno de infantería. No era raro, pues, que aquellos capitalinos, que habían preparado con antelación los festejos litúrgicos correspondientes en los templos de Santa Lucía y La Merced, vieran en el Gran Terremoto una intervención sobrehumana, desde cuyas manos se dejaba caer un castigo divino sobre una población sacrílega y secularizada.

Así, entre la subida de casi un metro en el nivel del lago de Ilopango, gritos agónicos, nubes de polvo, grandes cantidades de menudos escombros, incendios y confesiones públicas individuales; hay que recordar que las gentes, presas del pánico, gritaban sus pecados postradas de hinojos en las calles, para no morir inconfesas-, los últimos vestigios de la San Salvador colonial pasaban a la historia.

Según refiere José María Huezo en sus Reminiscencias históricas (1856-1913), “el parque y las calles quedaron [llenos] de mercaderías y otros objetos amontonados, que obstruían el tránsito” por aquella ciudad desolada y humeante, en la que “no se veían más que semblantes despavoridos, polvosos y jadeantes, que de vez en cuando pasaban por las calles contemplando la horrorosa calamidad en que dejó la capital el terremoto”.

El Gran Hotel de Europa, de la familia Lardé (después Edificio Dueñas y ahora Cafetería Don Arce), destruido por el terremoto del 19 de marzo de 1873.

La destrucción material de la ciudad es rescatada del olvido por la magia de las fotografías de Armand Harcq -director de su propia Academia de Bellas Artes- y la pluma artística de W. R. Kennedy, capitán de la fragata inglesa Reindeer, fondeada en el puerto de La Unión y que, tras el suceso telúrico, es destacada al muelle de La Libertad, adonde llega el día 21.

Sentido hasta en la localidad hondureña de Gracias, este megasismo también causa graves estragos en poblaciones nacionales como San Jacinto, San Marcos, Santo Tomás, Santiago Texacuangos, Olocuilta, Mejicanos, Ayutuxtepeque, San Sebastián, Aculhuaca, Cuscatancingo, Apopa, Soyapango, Tonacatepeque, San Martín y Santa Tecla.

Entre el 21 y el 31 de diciembre de 1879, la zona circundante al Lago de Ilopango sufre una serie de más de 600 temblores, con intensidades y magnitudes variadas. A las 23: 38 horas del día 27, un temblor giratorio de 50 segundos de duración causa destrozos en edificaciones públicas y privadas del pueblo de Ilopango y de la aldea de Asino. Toda esta actividad culminó con erupciones en el centro del lago, que dieron origen, entre enero y marzo de 1880, a los dos peñascos conocidos como “los cerros quemados”.

A las 7:20 p.m. del 6 de septiembre de 1915, un fuerte sismo por subducción estremece a San Salvador y causa destrozos en Juayúa, Salcoatitán y el sur de Apaneca, además de que en Santa Ana causa cinco víctimas mortales y en San Vicente hace sonar las campanas de los templos y daña gran cantidad de viviendas.

El profesor e investigador científico Jorge Lardé y Arthés realiza varios estudios y observaciones relacionados con este fenómeno, los que plasma en su opúsculo El terremoto del 6 de septiembre de 1915 y los demás terremotos de El Salvador.

Con epicentro fijado en 13,90 LN y 89,60 LO y a una profundidad de 60 kilómetros, este evento terrestre fue estimado, en 1980, en 7,7 grados de magnitud y una intensidad máxima de VIII-IX Mercalli.

A las 18: 55, 19: 30 y 20: 45 horas del jueves 7 de junio de 1917, día de Corpus Christi, tres grandes terremotos de origen volcánico destruyen a San Salvador y a otras localidades como Apopa, Nejapa, Quezaltepeque, San Juan Opico, Santa Tecla, Armenia, San Julián, Sacacoyo, Tepecoyo, Ateos, Caluco y San Vicente.

Dos vistas del Teatro Colón, en el costado oriental del Parque Bolívar (hoy llamado Parque Barrios), destruido por un incendio causado por el terremoto del 7 de junio de 1917.
Calculados posteriormente con magnitudes de 6,7 y 5,4 grados Richter e intensidades máximas de VIII grados Mercalli, su culminación la tienen en la erupción del cráter secundario de Los Chintos y en la evaporación de la laguna del Boquerón, ambos localizados en el volcán de San Salvador.

El poeta y viajero colombiano Porfirio Barba-Jacob ; que en ese momento se llamaba Ricardo Arenales- escribe su testimonio novelado El terremoto de San Salvador, el cual difunde mediante las páginas del Diario del Salvador, periódico de Román Mayorga Rivas en el que aquel oriundo de Santa María de Osos trabaja como redactor.

Con pérdidas humanas calculadas en 1050 personas, a las que se une una cantidad indeterminada de heridos, los daños materiales evidencian que de cerca de las 9000 casas componentes de la ciudad capital, solo 200 quedaron intactas.

De los edificios nacionales, no sufren daños el Palacio y Teatro Nacionales, aunque sí resultan arruinados la Escuela de Medicina, la Escuela Normal de Maestros (aún en construcción), la Central de Correos y Telégrafos, el Hospicio de Huérfanos, la Catedral y demás templos, la Universidad, la Escuela Politécnica, el Palacio del Tesoro, el Municipal, los mercados, la Imprenta Nacional, la Penitenciaría, la Casa Blanca, la Logia Masónica, la Residencia Presidencial, los cuarteles, el Manicomio, los bancos Salvadoreño, Occidental y Agrícola, los teatros Principal, Colón y Variedades, etc.

El terremoto del 7 de junio de 1917 semidestruyó el Monumento a La Libertad, situado en el centro del Parque Dueñas (ahora Parque Libertad).
El 28 de abril de 1919, un violento temblor de origen volcánico causa más de 100 muertos y 400 heridos y 1000 damnificados en 20 manzanas de los barrios capitalinos de San Esteban, Cisneros y Concepción, así como en los alrededores del cerro San Jacinto, San Marcos y Soyapango. Muchos de los fallecidos sucumbieron porque eran habitantes de casas dañadas por los eventos sísmicos y eruptivos de junio de 1917.

Fijado el epicentro en 13,69 LN y 89,69 LO y a una profundidad de 10 kilómetros, en 1993 se consideró que su magnitud pudo haber alcanzado los 5,9 grados Richter, con una intensidad máxima de VII-VIII grados en la escala Mercalli modificada.

Después del terremoto volcánico del 7 de junio de 1917, un damnificado aparece frente al Palacio Nacional de San Salvador.

El 21 de mayo de 1932, un terremoto de 7.1 grados Richter (VIII Mercalli modificada) -originado por una subducción ocurrida a una profundidad de 150 kilómetros en 12,80 LN y 88,0 LO- es sentido desde el distrito federal mexicano hasta Costa Rica. Colapsan varias casas en Zacatecoluca y en otras partes del departamento de La Paz, al igual que en el de Usulután. Se reportan heridos y un pequeño número indeterminado de víctimas mortales.

A las 4: 20 de la tarde del 12 de abril de 1961, un sismo de 5,75 grados Richter (VI en la escala Mercalli modificada) causa daños menores y sobresalto entre la población de San Salvador y de todo el sur salvadoreño. El epicentro es situado en el Océano Pacífico, a 122 kilómetros de profundidad.

A las 4:01 de la mañana del 3 de mayo de 1965, un terremoto tectónico de 6.3-6.5 grados Richter destruye a la ciudad San Salvador y causa graves daños en Ilopango, Soyapango y Ciudad Delgado.

En el área metropolitana de la capital, deja 15 kilómetros de destrucción, 110 muertos, medio millar de heridos, 50 mil personas sin hogar, 53 millones de colones en daños, algunos tan graves que urge la demolición de la Penitenciaría Central y de la Fuerza Aérea.

Otras estructuras públicas y privadas; como el Centro Judicial “Isidro Menéndez” y la Cárcel de Mujeres- quedan dañados en forma parcial, pero los dueños de una de ellas ignoran la orden de desahucio. Solo remodelan y pintan al Edificio Rubén Darío, cuyas paredes lucen cruzadas por grandes grietas y fisuras.

Con epicentro situado en el área metropolitana de San Salvador, a 13,70 LN y 89,17 LO y a una profundidad focal de 10-15 kilómetros, este macrosismo fue antecedido por más de 600 sismos diarios, registrados por los aparatos especializados entre febrero y mayo de ese mismo año.

A las cero horas y 22 minutos del sábado 19 de junio de 1982, un terremoto de 7.3 grados Richter, con epicentro a 70 kilómetros al suroeste de la capital salvadoreña y a 80 kilómetros de profundidad focal, es sentido en todo el país y fuera de las fronteras nacionales.

Causa graves daños en ciudades y monumentos nacionales de cinco departamentos (San Salvador, La Libertad, La Paz, Sonsonate y Ahuachapán), pero en especial en estructuras de bajareque y adobe de la localidad de Comasagua, que es afectada de tal manera que varias casas son reducidas a escombros.

A las 11 horas y 50 minutos del 10 de octubre de 1986, el suelo de San Salvador comienza a moverse como resultado de un terremoto grado 7.5 Richter (5,4 en magnitud de ondas de cuerpo), con duración de 5 segundos y con epicentro localizado en fallas situadas a 8 kilómetros bajo la zona de Los Planes de Renderos, al sur de San Salvador.

Como resultado, una poderosa onda en forma de ola recorre la capital entera. La devastación y mortandad se centran en los barrios de Santa Anita, San Jacinto, La Vega, San Esteban, El Carmen y Candelaria, al igual que en los Planes de Renderos; donde el fenómeno llegó a alcanzar los 9,0 grados Richter-, Ciudad Delgado y Santa Clara.

Un deslizamiento de tierra blanca sepulta unas 200 casas y causa 100 muertos en la colonia Santa Marta, al sur de la ciudad capital. Pero no es el único derrumbe ocurrido a raíz de ese evento sísmico, que también provoca más deslizamientos menores en diversos puntos (barrancas, taludes de cerros, cortes para carreteras, etc.) de la ciudad capital y en las cercanías del Lago de Ilopango.

La destrucción también es evidente en edificios privados como el Gran Hotel San Salvador y los centros comerciales “Rubén Darío” y “Dueñas”; en locales ministeriales como los de Trabajo, Educación-Biblioteca Nacional y Agricultura y Ganadería; en centros educativos como el Colegio Guadalupano y la Escuela “Joaquín Rodezno”, en hospitales como el de Niños “Benjamín Bloom” y en monumentos simbólicos, como la efigie del Salvador del Mundo, situado en el centro de la Plaza de las Américas.

Las cifras oficiales llegan a más de 1500 fallecidos, un centenar de desaparecidos, 10 mil heridos de diversas gravedades y otros 15 mil sin hogar y trabajo, al quedar dañados más de sesenta mil viviendas y tres mil negocios entre grandes, medianos y pequeños.

Desde el momento del temblor hasta el miércoles 26 de noviembre de 1986, los sismógrafos nacionales registran un total de 2508 sismos más, casi todos imperceptibles para la población. Sin embargo, aún el 22 de diciembre se continuaba el trabajo de vigilancia y registro de la actividad sísmica originada en las fallas generadoras del siniestro.

A las 11:35 del sábado 13 de enero de 2001, un terremoto de 7,6 grados Richter y 45 segundos de duración provoca destrucción generalizada en 172 de los 262 municipios del país, entre ellos Santa Ana, Jayaque, Comasagua, Nueva San Salvador, Santa Elena, San Vicente, San Agustín y muchas más.

Aunque la destrucción es más evidente en casas y edificios públicos construidos de adobe o bajareque, la mayor mortandad se centra en la zona residencial La Colina, construida al sur de la ciudad de Nueva San Salvador o Santa Tecla, donde un alud cae sobre cientos de casas y soterradas casi medio millar de personas. Con un aporte de 2,6 millones de dólares, proporcionado por el gobierno de la República de China (Taiwán), en el futuro en dicho lugar será construido un parque memorial en homenaje a las víctimas.

Un mes después de esa tragedia, a las 08: 22 del martes 13 de febrero de 2001, un terremoto de 6,6 grados Richter deja sentir, durante 20 segundos, su fuerza destructora en los departamentos centrales y para centrales de Cuscatlán, San Vicente y La Paz, que son declarados como zona de emergencia por las autoridades nacionales.

El epicentro es localizado en una falla local de San Pedro Nonualco, a 30 kilómetros de San Salvador, situada a una profundidad focal de entre 8,2 y 13 kilómetros.

La destrucción abarca entre el 50 y el 95 por ciento de las viviendas de la ciudad de San Vicente, Cojutepeque, Paraíso de Osorio, Candelaria, Verapaz, San Emigdio, San Juan Tepezontes, San Miguel Tepezontes, Guadalupe y los cantones Santa Cruz Analquito y Miraflores abajo. Además, se reportan daños en viviendas de la ciudad de Chalatenango, una iglesia de Apopa y en el muelle artesanal del puerto de La Libertad.

por Carlos Cañas-Dinarte

Conocida también como Avenida Universitaria, Historias que contar la 25 Avenida Norte y Sur como se le denomina  de extremo a extremo tiene Hospitales, Bancos, Parques, Gasolineras, Colegios e Instituciones Públicas; Históricamente nos recuerda manifestaciones de la Universidad Nacional (UES), Una prueba de ello fue la masacre de estudiantes de la Universidad de El Salvador el 30 de julio de 1975; Siendo esta Arteria el escenario principal de las protestas en la década de los 70´s y 80´s de la UES.

En la actualidad es una arteria de alto tráfico vehicular.

Edif Esquina Opuesta ex embajada EEUU

ex embajada EEUU 1960

Al fondo Universidad de El Salvador

(construccion edificios)

Esquina ex  embajada EEUU 1960

Hospital BLOOM 1960

Externado San Jose

Edificio Fedecredito 1960

Hospital BLOOM 1960

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San Salvador 1899-1900

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San Salvador 1938

En junio y julio de 1524, un puñado de soldados de ultramar al mando de Don Pedro de Alvarado penetró en el corazón de la Ciudad de Cuscatlán, en cuyo centro ceremonial aquellos aventureros españoles hincaron enhiesto el Pendón de Castilla y la Santa Cruz. La alegría de haber llegado a la metrópoli pipil, que al decir de un antiguo cronista “fue célebre por sus riquezas y el poderío de sus príncipes”, duró apenas el fulgor de una aurora.

Ante los desmanes y tropelías de los invasores extranjeros los Cuzcatlecos se alzaron en armas y se replegaron a las montañas vecinas y capitaneados por el tecu de la localidad: el cacique Atlacatl, guerrero tenaz y osado, valiente e invencible, iniciaron una guerra cruenta en defensa de sus hogares y de la soberanía del pueblo.

¡Sólo diecisiete días logro permanecer aquí el soberbio Tonatiuh! Mal herido y en trance de muerte, con once caballos menos, con muchos lisiados y sensibles bajas de españoles e indios auxiliares o amigos, sin apoyo logístico y afrontando otras circunstancias adversas el conquistador ibero tuvo que reconcentrarse en Tecpan-Guatemala o Iximchée y dejar para una futura oportunidad la conquista de los pueblos pipiles de El Salvador Precolombino, la conquista de un pueblo noble y generoso, “que supo ser el primero en la guerra pero también el primero en la paz.

EL ACTO FUNDACIONAL

En 1525 llegaron a estas proximidades -allí, donde hoy está Antiguo Cuscatlán, a orillas de un maare o cráter de explosión llamado “Puerta de La Laguna” el capitán don Gonzalo de Alvarado y un pequeño contingente de soldados que no sobrepujaba las cincuenta unidades.

Traía la orden, de su hermano Don Pedro, de fundar en estas latitudes una colonia de españoles con el título de villa y el nombre de San Salvador.

diegoholguinDiego de Holguín era uno de los alcaldes ordinarios del nuevo burgo. La villa-campamento se estableció en el casco de Cuscatlán alrededor del 1º de abril de 1525, pero más sobre los lomos de las cabalgaduras que sobre el inestable suelo de estas comarcas.
No sabemos, en verdad, quien fue el capellán de la columna fundadora; pero sí inferimos que la iglesia de la nueva colonia fue puesta bajo la advocación o adoración del Santísimo Salvador del Mundo, cuya festividad litúrgica en memoria del milagro bíblico de la transfiguración del señor en el Monte Tabor celebra la iglesia católica el 6 de agosto de cada año.

Pocos meses después, ante la imposibilidad de resistir con éxito la formidable insurrección indígena de recibir adecuados refuerzos, la villa se despobló y sus moradores se trasladaron a Guatemala.

REFUNDACIÓN DE LA VILLA

En 1528 el teniente de gobernador y de capitán general Don Jorge de Alvarado envió una segunda expedición fundadora hacia “la provincia de guerra”, que los españoles habían identificado como “la provincia de cuscatlán”.

Al frente de ella figuraba su primo hermano el Capitán Diego de Alvarado y 72 soldados, quienes después de vagar por estas tierras y ante la imposibilidad de establecerse en la indómita Cuscatlán escogieron para asiento de la nueva urbe uno de los pajares menos aparentes: el valle de La Bermuda, a unos 8 Km. al sur del fuerte núcleo indiano de Suchitoto.

Aquí se refundó la villa de San Salvador el 1º de abril de 1528 y asieron la vara edilicia los alcaldes ordinarios Antonio de Salazar y Juan de Aguilar; y ese mismo día, con los servicios eclesiásticos del cura Pedro Ximenez, todos juntos, unánimes y conformes dieron advocación a la iglesia y la dedicaron a la Santísima Trinidad, “pareciéndoles que con esto tenían inmediatamente a Dios por protector y amparo”. Quince días tardaron en trazar calles y avenidas, la plaza, locales para iglesia y convento, y en demarcar solares y adjudicarlos a los correfundadores de la villa.

El enclave cristiano de La Bermuda progresó en medio de los azares de la guerra y de otras vicisitudes. Los límpidos cielos de la estación seca y los tormentosos y amenazantes de la estación de las lluvias vieron alzarse, sobre sólidas bases de piedra y calicanto, las robustas columnas de añejos conacastes, las gruesas paredes de adobes con rafas de ladrillos y el campanario de la Iglesia de La Trinidad, así como las viviendas de bahareque de los colonos europeos, más los pajuides o rancherías de los indios auxiliares o amigos.

En las afueras de esta extraviada atalaya de la civilización occidental se perfilaba el pequeño campo-santo, que a poco recibiría los restos mortales de Pedro deLyaño y el artillero Diego de Usagre, los primeros vecinos del burgo sansalvadoreño que pagaron el tributo a la Madre Tierra en estos ignotos dominios de Su Majestad el emperador Carlos V de Alemania y I de España.

LA ALDEA

atlacatlEn 1539 los españoles, principalmente las fuerzas comandadas por los encomenderos mariscal Pedro Núñez de Guzmán y Antonio Bermúdez, lograron, ¡por fin! Terminar con la férrea resistencia presentada por el cacique Atlacatl en las montañas y colonias de la Cadena Costera.

Aquel héroe indígena, símbolo de la libertad y la soberanía de hombres y tribus, derrotado pero no vencido, por mucho tiempo permaneció perdido y solitario en la espesura de boscaje, como los felinos guardianes y los iridiscentes quetzales; pero ahora en día su espíritu aún sigue palpitando en los pechos de todos los hijos de El Salvador, como un canto de amor a la Patria.

Su estatua, vaciada en bronce por el hábil escultor Valentín Estrada, en lugar de estar arrinconada en un recodo capitalino, donde nadie la admira ni mortal alguno puede inspirarse en ella, debería ornar esta Autopista “Los Próceres”, porque Atlacatl es el símbolo de todos los próceres conocidos y anónimos que han impulsado el destino de nuestra nación.

Si algún día encuentra asilo en esta espléndida vía citadina, en el pedestal destinado a soportar la representación en bronce del caudillo de los cuzcatlecos, la patria debería inscribir la frase que espetó a los mensajeros de Pedro de Alvarado, cuando lo intimidaron a la rendición: “SI QUEREIS NUESTRAS ARMAS, VENID A TRAERLAS A LAS MONTAÑAS”.

A raíz del inevitable fin de la resistencia indígena, los vecinos de la villa de San Salvador se fueron trasladando lenta, pacífica y progresivamente del valle de La Bermuda al Valle de Zalcuatitán, que bautizaron con el plástico nombre de “Valle de Las Hamacas”; y tales emigrantes se establecieron en las márgenes del río Acelhuate, en la hondonada comprendida entre las cuestas del Palo Verde y de La Vega, donde construyeron un próspero villorio al que nombraron “La Aldea”.

“La Aldea” progresó rápidamente, mientras la villa se extinguía. En La Bermuda llovía con exceso, los rayos abundantes incendiaban las viviendas, el terreno era muy barroso, el paraje estaba al margen de las vías naturales de comunicación, y en la urbe ya sólo quedaban sus autoridades municipales y contados vecinos. En cambio, “La Aldea” estaba ubicada en tierras feraces aptas para la agricultura, cerca del mar y reunía otras condiciones indispensables a la formación de un gran centro de civilización europea.

LA MUDANZA

En 1545 las autoridades edilicias de la villa de San Salvador recibieron autorización de la Real Audiencia de los Confines, presidida por el Licenciado Alonso López de Cerrato, para mudar la colonia de La Bermuda al valle de Zalcuatitán o de las Hamacas.

Transportando los archivos de la comuna, las imágenes campanas y otros objetos del culto sagrado, bántulos y animales domésticos, los últimos colonos emprendieron la fatigosa marcha a lo largo de las diez lenguas que separan a los dos mencionados lugares.

Congregados todos los colonos en la explanada próxima y al norte de “La Aldea”, en el borde de un extenso valle, se procedió al trazo de la nueva urbe. La plaza mayor o pública, llamada también plaza de armas y mercado, se fijó en donde hoy está el parque Libertad.

La Iglesia Parroquial consagrada, ya no a la Santísima Trinidad como en La Bermuda sino al Santísimo Salvador del Mundo como en 1525, ocupó la manzana situada al Este de aquella plaza o sea donde hoy está la Iglesia del Rosario.

Las Casas Consistoriales, estafeta de correos y cárceles públicas se edificaron en la manzana situada al Sur, hoy plazoleta de aparcamiento. En el frente de las manzanas ubicadas al Norte y Oeste, destinadas al comercio, se construirán amplios portales con arcadas mudéjar.

LA CIUDAD

En 1546, mientras se edificaba afanosamente la tercera villa de San Salvador, los procuradores Alonso de Oliveros y Hernán Méndez de Sotomayor, en nombre y representación del Cabildo salvadoreño gestionaban en España, para dicha población, el título de ciudad.

Consecuencia de dichas gestiones fue que el 27 de septiembre de 1546 mientras el emperador Carlos V de Alemania y I de España se hacía fuerte en la plaza de Marheim, el Secretario de la Real Corona Juan de Samano presentaba en Guadalajara al infante don Felipe, el príncipe heredero, una Real Provisión expedida en nombre de su ausente y sacra cesárea majestad, documento por el cual se elevó a una lejanísima e insignificante villa de las Indias Occidentales a la jerarquía de ciudad de los reinos de España, “para que se ennoblezca y otros pobladores se animen a ir a vivir en ella”.

PRIMER ALCALDE DE LA CIUDAD DE SAN SALVADOR

Diego de Holguin, fue primer alcalde de la Villa de San Salvador, según consta en libros históricos, Don Pedro de Alvarado se presentó al cabildo de Guatemala, el 6 de mayo de 1525 a pedir se nombrará regidor a Francisco de Arévalo, en sustitución del Capitán Holguin, el cual se fue a vivir en la Villa de San Salvador, como su alcalde.

Según el historiador salvadoreño Doctor Rodolfo Barón Castro señala que éste nació entre 1486 en un pueblo español llamado Tona o Sona. Y vino a América muy joven, instalándose en la Española, hoy Santo Domingo en el año 1506, desde donde participó en la fundación de otras poblaciones.

San Salvador fue una de las primeras ciudades de la Real Audiencia de Guatemala, y de América y en el año que se denominó ciudad solo existían con el título Santiago de la provincia de Guatemala; Puerto Trujillo y Gracias a Dios en Honduras; Granada y León en Nicaragua.

A mediados de 1551 se fundó el primer convento de Santo Domingo, dirigido por la Orden de Santo Domingo, dirigido por los frailes Tomás de la Torre, Vicente Ferrer y Matías de la Paz; en 1574 se fundó el de la Orden de San Francisco dirigido por el fraile Juan Vico y en 1625 el de La Merced, cuna de la independencia de Centroamérica.

El 3 de junio de 1822, la Columna Imperial, a las ordenes del Gral. Manuel José Arce, derrotaron al invasor, después de ocho horas de sangrienta lucha en la batalla de Mejicanos, cuando San Salvador fuera sometida por las huestes imperiales al mando del Gral. Vicente Filísola.

Caído el imperio mejicano, Centroamérica se constituyo en República Federal y El Salvador en uno de sus Estados, el 12 de junio de 1824 San Salvador fue erigida en capital del Estado de El Salvador. De marzo a septiembre de 1828, resistió invicta el sitio que le impuso el ejército federal.

San Salvador fue capital de la Federación Centroamericana de 1834 a 1839 y fue destruida por el terremoto del 16 de abril de 1854 y Durante la colonia, los pueblos salvadoreños fueron destruidos por los desastrosos terremotos de 1575, 1592, 1625, 1648, 1719 y 1815.

Después de la Independencia 1821, la población de la Ciudad de San Salvador residía en barrios en los alrededores a la Plaza Mayor, hoy Plaza Libertad y de la Plazuela Santo Domingo, Hoy Gerardo Barrios, El Barrio El Calvario, era el más populoso, Candelaria, La Vega, El Terrente, hoy Barrio San Esteban, La Ronda hoy Barrio Concepción, San José y Santa Lucía.

*SIETE ESTANCIAS DE LA CIUDAD DE SAN SALVADOR”

Jorge Lardé Larín

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